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El 2 de septiembre de 1587, en el fondeadero del Riachuelo, una carabela partió hacia Brasil cargada de harina, telas y cueros. La San Antonio, comandada por Antonio Pereyra, navegó contra la norma colonial, desafiando la prohibición que pesaba sobre la exportación de productos de la tierra. Fue un acto ilegal, pero también inaugural: en la osadía de ese viaje clandestino nació la industria argentina. No era aún una nación, pero ya había una voluntad de existir por sí misma, de transformar la materia en valor y el trabajo en destino. Ese gesto de insumisión económica marcó el principio de una historia que, con altibajos y luchas, fue sosteniendo la identidad de un país.
Desde entonces, la industria nacional se volvió el corazón de la soberanía. Con ella se forjaron ciudades, se levantaron talleres, se crearon empleos y se dio forma al presente de millones. Carne, acero, trigo, petróleo, medicamentos, textiles: cada sector fue un eslabón de una cadena mayor, la que une la dignidad del trabajo con la independencia de la patria. No hay soberanía posible sin industria; no hay futuro si todo se reduce a importar lo que otros producen.
Hoy, sin embargo, esa trama se resquebraja. Bajo las políticas del actual gobierno, lo que antes fue rebeldía frente al poder colonial se convierte nuevamente en sometimiento. Las cifras lo muestran con crudeza: más de 223.000 puestos de trabajo destruidos; 80.000 menos en la construcción, 55.000 en el transporte y la logística, casi 40.000 en la industria. Quince mil empleadores desaparecidos en apenas un año y medio, el 99,6% de ellos pymes. Y con cada pyme que cierra, se apaga no solo una máquina, sino la esperanza de un barrio entero.
Lo que se presenta como “modernización” o “eficiencia” es, en realidad, una vuelta a la dependencia. Las decisiones de contracción fiscal, devaluación y apertura indiscriminada de importaciones desmantelan la capacidad productiva nacional y nos relegan al papel de colonia de los poderes financieros globales. Somos otra vez proveedores de materia prima, espectadores de nuestra propia desposesión. La rebeldía de aquel primer embarque se ha invertido: lo que fue autonomía embrionaria hoy se degrada en servidumbre.
La paradoja es dolorosa: lo que nació como un gesto de contrabando contra la norma del imperio, hoy se disuelve en obediencia ciega a los dictados del mercado internacional. Lo que fue audacia se trueca en renuncia; lo que fue creación se transforma en vacío. Las persianas bajan, los talleres callan, y lo que queda es la imagen de un país que retrocede hacia el rol de colonia, esta vez no por decreto de un virrey, sino por decisión de sus propios gobernantes.
El Día de la Industria, que debería ser celebración del ingenio argentino, se convierte así en advertencia. Recordar la San Antonio no es un gesto arqueológico, sino una pregunta urgente: ¿seremos capaces de recuperar aquella rebeldía fundante, esa chispa que desafió al poder colonial, para reconstruir nuestra soberanía? O aceptaremos, en silencio, que la historia se repita como una sombra: volver a ser colonia, en nombre de un falso progreso.
28° 
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