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En septiembre de 1955, la ciudad fue blanco de un ataque que buscó borrar su destino en llamas. Una memoria silenciada que aún late y exige ser contada.
El día en que el aire casi ardió
Un niño de un año y medio duerme bajo una mesa de madera, mientras el cielo, que debería traer la lluvia, descarga fuego. Afuera, las paredes tiemblan, los techos vuelan, y un padre, el Cholo Ortiz, se queda de pie, como si el cuerpo pudiera interponerse entre la furia de los aviones y la fragilidad de su familia. Es el 16 de septiembre de 1955, y Ensenada, con sus canales y sus casillas de madera, se convierte en un tablero donde los generales deciden quién vive y quién muere.
Casi nadie lo recuerda. Nos hablaron del bombardeo a Plaza de Mayo, pero callaron la batalla de Ensenada. Callaron que hubo un plan secreto para hacer volar la destilería de YPF, para que la región desapareciera en un hongo de fuego y petróleo. Callaron que la Marina bombardeó su propio suelo, su propio pueblo, como un ejército invasor. Y lo llamaron “gesta libertadora”.
La historia argentina tiene estas grietas: memorias enterradas bajo toneladas de silencio, como si los muertos se pudieran ocultar cambiando el nombre de una ciudad. Ensenada supo lo que era escuchar el rugido de sesenta aviones y pensar que la vida entera iba a estallar. Allí murió el Cholo Ortiz, ferroviario, militante, vecino. Un hombre que se quedó a resistir y fue alcanzado por la esquirla de un país que aprendió a matarse a sí mismo.
Pasaron setenta años y aún pesa la pregunta: ¿cómo es posible que un bombardeo sobre población civil, con muertos y casas arrasadas, no figure en la memoria oficial? ¿Qué mecanismo siniestro nos hace olvidar lo que debería ser imborrable?
El hijo del Cholo, con la cicatriz todavía en la cabeza, se convirtió en guardián de esa memoria. Buscó en los archivos, escuchó las voces de los viejos, reconstruyó las ruinas. Y nos dejó en claro algo: la historia que no se nombra, vuelve siempre como un fantasma a recordarnos que la violencia fundacional del ’55 fue el germen de todas las otras.
El aire de Ensenada no ardió en mil pedazos, pero la amenaza quedó suspendida sobre nuestras cabezas como una advertencia. La pregunta hoy no es sólo qué pasó entonces, sino qué estamos dispuestos a seguir olvidando. Porque cada silencio, cada olvido, es una bomba que vuelve a caer, invisible, sobre el presente.
28° 
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