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Crónica de una mañana sin certezas
A las seis de la mañana el colectivo avanza como puede, con ese traqueteo cansado que tienen las cosas que llevan demasiados cuerpos y pocas esperanzas. Dos trabajadores, todavía con la noche pegada a la ropa, hablan en voz baja pero con una convicción que no necesita micrófono. Hablan del soldado muerto. “No fue suicidio”, dice uno. “Vio algo, seguro vio algo, y lo mataron”, remata el otro. No tienen pruebas. Tampoco dudas. Yo escucho, miro por la ventanilla empañada y pienso que algo está roto cuando la versión oficial ya nace desacreditada antes de terminar la frase.
El soldado tenía 21 años. Se llamaba Rodrigo Gómez. Granadero. Oriundo de Misiones. Custodiaba, fusil en mano, la Quinta de Olivos, ese territorio donde el poder duerme con guardia armada. Según la investigación, se habría quitado la vida con el FAL que tenía asignado. Junto a su cuerpo apareció una carta. Hablaba de deudas. Casi dos millones de pesos. Bancos, financieras, cuotas que no esperan. Angustia. Un sueldo que no alcanza ni para sostener la dignidad mínima de llegar a fin de mes.
La escena es prolija: protocolos activados, fuerzas federales, jueza presente, informes, horarios precisos, garita interna, arma al costado. Todo en orden. Todo explicado. Sin embargo, en ese colectivo de las seis de la mañana, nadie compra el relato. Y no es porque la gente sea conspirativa por deporte. Es porque la confianza se perdió hace rato, como una moneda chica que se cae del bolsillo y nadie se agacha a buscar.
Tal vez el soldado se suicidó. Tal vez no vio nada más que su propio abismo. Tal vez la carta sea auténtica y el disparo también. Pero aun si todo fuera exactamente como dicen los partes oficiales, hay algo que igual debería incomodarnos: un chico de 21 años, armado para cuidar al Presidente, ahogado por deudas privadas, solo en una garita antes del amanecer.
Cuando el Estado paga salarios que no alcanzan y el mercado presta dinero que asfixia, después no debería sorprender que la muerte aparezca como una salida posible. Y cuando eso ocurre, la sociedad ya no cree en comunicados ni en hipótesis preponderantes. Cree en su experiencia, en su memoria, en ese olfato entrenado por demasiadas veces en las que la verdad llegó tarde.
En el fondo, la conversación del colectivo no habla de un crimen sin pruebas. Habla de otra cosa más grave: de un país donde la palabra oficial ya no consuela ni convence, y donde la muerte de un joven soldado se vuelve espejo de una desconfianza que viaja, todos los días, en el primer colectivo de la mañana.
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