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Hay personas cuya muerte no clausura nada; apenas ordena la memoria para que entendamos, de una vez, la dimensión de lo vivido. Eva Giberti pertenece a esa estirpe rara: la de quienes no aceptaron nunca que el dolor fuera natural ni que el poder tuviera la última palabra.
Vivió 96 años, pero sobre todo estuvo 96 años. Psicóloga, psicoanalista, trabajadora social, docente, periodista, militante. Pionera del feminismo argentino cuando la palabra todavía era un susurro incómodo. Eva no hablaba sobre las víctimas: hablaba con ellas. Y, cuando hacía falta, hablaba por ellas, enfrentando dictaduras, prejuicios, burocracias y patriarcados con la misma calma implacable con la que otros acomodan excusas.
Hay una escena que la define: 1955, orfanatos, niños castigados de rodillas sobre granos de maíz. Eva escribe. Publica. Denuncia. La llaman a Casa de Gobierno. Discute con Aramburu. No retrocede. De ese gesto inaugural nace una ética: mirar de frente aquello que el poder prefiere esconder. Más tarde vendrán la Escuela para Padres, los libros multiplicados en ediciones populares, el psicoanálisis bajado del consultorio a la mesa familiar, la palabra puesta al servicio de la vida cotidiana.
Mientras tanto, la historia la atraviesa con violencia. Persecución política, escuela clausurada, un hijo preso durante doce años. Eva es madre y militante a la vez, corajuda. Ve salir a su hijo de una sesión de tortura. Y no se quiebra: se compromete más. Comprende que los derechos humanos no son una consigna sino una práctica diaria. Defiende a presos políticos, a niños apropiados, a mujeres silenciadas. Nombra lo innombrable: abuso, incesto, violencia, trata. Nombrar es el primer acto de justicia.
Con la democracia vuelve a hablar en público y descubre algo revelador: la multitud no la escucha por prestigio, sino por reconocimiento. Porque hizo lo que debía cuando hacerlo tenía costo. Desde el Estado impulsa políticas concretas: el Programa Las Víctimas Contra Las Violencias, la Línea 137, el acompañamiento real, empático, profesional. No promesas: dispositivos que salvan vidas.
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Eva Giberti fue una pedagoga de la palabra pública. Nos enseñó que el feminismo no es un eslogan, sino una forma radical de vivir y entender la justicia. Que los niños no mienten por sistema. Que la neutralidad, frente al abuso, es complicidad.
Hoy su voz no está. Pero su incomodidad permanece. Y acaso ese sea su legado más valioso: recordarnos que una sociedad se mide por cómo cuida a sus infancias y por cuánto se anima a desmontar los silencios que la sostienen. Seguir hablando, cuando callar es más cómodo, también es una forma de amor.
25° 
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